CUMBRES RESACOSAS (NOTAS DE DROGA Y ALCOHOL) CAPÍTULO 5

CUMBRES RESACOSAS (NOTAS DE DROGA Y ALCOHOL) CAPÍTULO 5
Texto e Imagen: Johnny Toss

Capítulo 5

LA ARTESANÍA NO ES ARTE, LA ARTESANÍA ES ALGO QUE HACEN LOS YONKIS PARA REHABILITARSE

– ¿Te he contado lo de cuando no me follé a una tía que conocí por una app?
Alabama se estaba pintando las uñas de rojo. Yo estaba borracho y sonaba Chapel of Love.
– No, no me lo has contado.
Joder, cuando escucho canciones sesenteras de este rollo siempre me imagino una escena a cámara lenta llena de masacres y asesinatos.
– Yo me imagino a ti echándote vodka encima de las tetas. Y a mi bebiéndolo. Alabama y yo nos echamos a reír.
– Tenía un montón de fotos extrañas. Exóticas. Curvas, tatuajes, y un pelo que parecía sacado de un videoclip de Prince. Vivía bastante lejos del centro, pero me cogí un tren y fui hasta allí. No tenía una puta mierda mejor que hacer ese día.
– ¿No?
– No. Me cogí un tren y la ví nada más bajarme.

Alabama estiró el brazo y me pasó el porro. Alabama tenía exactamente los mismos ojos de loca que todas las mujeres que me han pasado un porro en los últimos diez años. Iris cristalinos. Un hiperespacio de constelaciones psicodélicas. O a lo mejor era la yerba. Le dí un trago al scotch.

– ¿Qué pasó?
– Pasó que esa tía era una mala idea. Vestía como un cruce entre una yonky y una antisistema. Creo que por debajo de la ropa era como el puto Jorobado de Notre Dame. Una mala idea. De ahí no podía salir nada bueno. El caso es que decidí intentarlo. Me subí a su coche. Tenía un coche molón, un Renault cinco turbo lleno de pegatinas. Mientras ella conducía rumbo a A Tomar Por Culo le pregunté por los tatuajes que tenía en los nudillos. Ponía LOVE en una mano y HATE en la otra. Le dije que eran guays, como en la noche del cazador de Robert Mitchum. Ella me miró como miran los conejos a los coches que están a punto de atropellarlos y dijo “¿qué?”

Alabama se echó a reír arqueando la espalda hacia atrás. Uno de sus pezones quedó a la vista, me clavó los ojos y empezó a gritar «¡fóllame!» en una frecuencia que sólo podía sintonizar yo.

– Eres un cabrón.
– Soy un cabrón. Pero esa tía era una foca imbécil. La foca imbécil más imbécil de todas.
El caso es que nos bajamos del coche y subimos a su casa. Había un culturista con forma de croissant y la cabeza rapada sentado en el sofá. Y justo detrás un Pitbull de dos metros que me miraba directamente a los putos ojos. Entramos en la habitación de ella. Olía a esa mezcla entre compresa sucia y cenicero rancio y lágrimas a la que huelen las habitaciones de esa clase de tías. Olor a desesperación. Era cada vez más, o más y más, y más puto fuerte y ella estaba diciendo que su compañero de piso estaba enamorado de ella y estaban enfadados porque ella se traía amigos a casa. No podía escucharla. El olor me estaba volviendo loco. Se me iba la cabeza. Y ella no paraba de hablar.

– No sé a que olor te refieres.
– Claro que no lo sabes. Tú estás loca, pero no estás desesperada. Ella se encogió de hombros y cogió la botella de whisky para rellenarme la copa. Eso es lo que tengo todo el rato. Una mujer loca y una botella de cualquier cosa. Hoy era scotch de dieciocho años. El whisky hacía cantar los hielos de la copa y las manos de Alabama temblaban. Yo levanté una ceja.

– Es porque estoy dejando la medicación. La semana pasada era peor, pero ahora estoy más tranquila. Cuéntame qué hiciste con la foca imbécil.
– Le pedí un vaso de agua. Cuando fue a buscarlo me levanté y me fui.

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Alabama se echó otra vez a reír.

–  ¿Y tú?  le dije
– Yo qué.
– ¿Tú qué coño haces aquí?.
– Me mudé hace tres meses. Vine aquí para volver con mi ex.
– Un tipo con suerte

Otro trago al whisky. Otra calada al porro.

– No creas. Cuando me dejó me volví loca. Fue por su culpa. Fue un infierno. Un puto infierno. No me gusta estar sola.
– Nos han jodido, muñeca. A nadie le gusta estar solo.

Pensé que esa es exactamente la razón por la que estoy sentado frente ella no quiero estar solo.
Eso y sus tetas.
Principalmente sus tetas.
Alabama pegó un trago de su copa y siguió hablando.

– Volví con él sólo para poder dejarle yo. Cuando se acostumbrase. Cuando más me quisiese. Para que pasase por lo mismo que he pasado yo.
– Eres una zorra retorcida y malvada.

Ella se llevó a la boca una cuchara llena de mermelada. Se encogió de hombros.
– Aquí nada es gratis.
– Eres una zorra, joder.

Ella asintió con la cabeza, igual que una niña buena. Después se puso a mis pies, de rodillas, y empezó a pelearse con la hebilla de mi cinturón. Lo ultimo que vi antes de cerrar los ojos fue una gota perfecta de mermelada deslizándose a cámara lenta por sus labios.
Lo primero que vi al abrir los ojos después de correrme me recordó a un helado. Los labios de Alabama alternaban pegotes de mermelada y gotas de semen. Era bonito.
Mientras se vestía, me contó sobre un conocido común que había fingido un suicidio y se había largado a Tailandia porque tenía muchos pufos de droga.
– A mí me debe cincuenta pavos.
– A mí me debe mil.

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